Los filósofos presocráticos (I)

Las entradas pertenecientes a esta categoría son resúmenes elaborados a partir de las clases magistrales impartidas por el catedrático de filosofía Quintín Racionero, bajo el título “Espíritu Griego”. Podéis encontrarlas todas en esta lista de reproducción de YouTube. Están concebidas como herramienta para el estudio pero también poseen gran valor como lectura acerca de la historia antigua y el mundo griego y helenístico. No querría dar comienzo a la entrada sin dedicar unas palabras de agradecimiento a la memoria del profesor Racionero, cuya labor docente deseo difundir, con mi humilde contribución, a través de este blog. Espero que os sean tan interesantes como para mí.

  1. Introducción

En el período al que nos vamos a referir tratamos de distinguir la especificidad de la filosofía a través de un gesto característico, aquello que devuelve la soberanía no apelando a la voluntad de los dioses (en un gesto religioso) ni a la voluntad de los hombres (al negocio, el acuerdo, el establecimiento del convenio). Dicha especificidad aparece determinada no tanto por generar una capacidad de reflexión como por el hecho de asignar esa atribución de la soberanía, de los elementos del saber, a una entidad que no es la voluntad de los dioses ni de los hombres. Así, trataremos de encontrar la sustancia de esta atribución de la arché a la physis. 

  1. Los presocráticos en la historiografía

Hablar de los presocráticos no es tarea entendible en una forma indistinta. La historiografía positivista plantea un gozne socrático a partir del cual habla de una eclosión de sistemas. Esta visión es absurda por generalizadora, generalista y en lo cronológico. Cuando hablamos de los presocráticos hablamos de un proceso histórico largo que va desde finales del S.VII antes de Cristo con Tales de Mileto hasta los finales del S.V y principios del S.IV con la ilustración griega. En este tránsito no se puede encontrar ninguna generalización. Es más interesante averiguar cuáles son los signos de los enunciados que nos permiten distinguir estos gestos filosóficos en contraste con los gestos ilustrados de los sofistas y los religiosos. Por ello, antes de empezar es necesario impugnar algunas de las interpretaciones del S.XX para delimitar el sentido de nuestra búsqueda.

Para toda la historiografía positivista se trata de establecer un paso mitológico del mito al logos, que Racionero califica de “una gran tontería”, habida cuenta de que en el lenguaje de los filósofos no hay ninguna superación de un presunto infantilismo de la cultura, ni una instauración de la racionalidad. Merece la pena fijarse en los críticos del positivismo. El primero de ellos es Heidegger, que concibe la historia del pensar como una historia determinada por el cumplimiento de etapas que son en su esencia, necesarias. Heidegger propone la necesidad, vista la historia errada del ser, de un retorno al principio. La utilización por parte de Heidegger del retorno, de la khere, se refiere a la torsión que tiene que hacer el ejercicio del pensar para volver a estar a la altura de las necesidades o para pensar el hecho de la consumación misma de la metafísica.

Habiéndose llegado al final de las posibilidades engendradas por una interpretación de la filosofía centrada en la conceptualización del mundo -el alemán achaca dicha responsabilidad a Platón, lo cual es historiográficamente falso-, en el que se pierde un sentido original, y habiendo esa culminación llegado al término de un final obligatorio, que consuma la cultura vigente y con ella lleva a su límite final las posibilidades civilizatorias, no hay más remedio que hacer una torsión, una vuelta, un quiebro y preguntarse dónde empezó la errancia. No se trata de un error sino de la elección de un camino en la que esa conceptualización es expresiva solamente de la voluntad, de ahí que entienda a Nietzsche como el último metafísico, aquel que ha descubierto que toda conceptualización es finalmente proyección de una voluntad de poder, por lo que esta es su realización completa, no una mera impugnación.

Volver a los presocráticos, a la situación anterior a esa errancia, que no es tanto equivocación como elección, elección del camino de la voluntad del poder, es el único modo de ver con ojos limpios las fuentes mismas del pensar necesarias para la restauración de un tiempo nuevo que Heidegger anuncia sin nombrar, cuyo modo de realización apenas puede atisbarse.

  1. La especificidad histórica de los presocráticos

Podemos interpretar a los presocráticos de este modo: como aquellos que iniciaron un camino que es el del desvelamiento del ser. Los seminarios de Heidegger corresponden a una actitud muy característica de la cultura alemana de la época, fruto de la Primera Guerra Mundial. No fue Heidegger el único que hablaba del colapso de un cierto modo de entender la realidad. Casi toda esta literatura es heredera de uno de los libros más decisivos del S.XX: La decadencia de Occidente de Spengler, que sostiene que la cultura de Occidente ha cristalizado en civilización y ha colapsado; a partir de ahí es necesaria una nueva configuración de la realidad. Spengler confía en que para ello se produzca basta con el acto voluntarista de la constitución de un nuevo espíritu histórico. Asigna esta tarea a la Rusia soviética en la primera edición; en la segunda ese renacer de una cultura no a los eslavos colectivistas, sino al pueblo alemán.

Cuando Heidegger señala a la metafísica realizada y la imagen tecnológica del mundo, en cuanto formas de entender el mundo a partir de fragmentaciones que traducen la voluntad del poder, adopta una posición totalmente spengleriana. En los años 30 este planteamiento que pensaba en el final de una forma de cultura, en el colapso de una civilización y en la necesidad de repensarlo todo, este planteamiento tenía sentido. Heidegger entiende por “presocráticos” a aquellos previos al momento en el que el declinar del pensamiento erró, en que el declinar del pensamiento se hizo coextensivo de una forma de pensar en la que la conceptualización iba de la mano de la apreciación de la voluntad. A la altura del S.XXI, plantea el profesor, este gesto ya no tiene sentido. Toda la línea heideggeriana, según la cual debe hacerse un regreso originario a la inocencia, debe ser criticada enérgicamente.

Los presocráticos son los creadores de un gesto enunciativo cuyo significado debemos plantearnos al margen de nuestra situación contemporánea. Son gestos intransmisibles. No podemos mirar a los presocráticos como si fuesen nuestros contemporáneos. Hay que analizar su especificidad histórica. Esto conecta con la segunda de las interpretaciones que vamos a analizar: también tiene lugar en los años 30 y viene de la mano de la historiografía inglesa, con Cornford. Este señaló que para estudiar a los presocráticos el paso del mito al logos era completamente inadecuado, puesto que consumaban la constitución de un mito que se introduciría en la cultura con los caracteres de una narración legitimadora, el mito de la unidad de lo divino vinculada a la unidad de la explicación racional o la explicación por logos.

El gesto de Cornford ha de ser impugnado desde dos puntos de vista. Pensar que en la filosofía de los presocráticos se ejecuta un gesto unificado tal que de una narración teológica, pluralista y agraria se pasa a una narración teológica diferente, unitarista y ciudadana, significa olvidar que la filosofía es un gesto en medio de otros gestos. Desde esta perspectiva desaparece la posición de la religión tradicional y el mundo de la ilustración. No podemos mirar a los presocráticos como contemporáneos, pero, y este “pero” es esencial, es menos correcto pensar que la filosofía articule el único discurso de la ciudad. La filosofía es un gesto al lado de otros gestos: no existe la posibilidad de identificar a la filosofía con una narración legitimadora de la polis. La narración legitimadora de la polis aparece pluralmente diversificada, polémicamente constituida.

Esta es la pregunta básica: ¿qué tipo de gesto introduce la asignación de la soberanía a algo que no es la voluntad de los dioses tutelares ni la voluntad de los hombres? ¿Qué clase de gesto plantea que existe una arché de la physis?

  1. El gesto de los presocráticos: la arché de la physis

Los presocráticos nos recuerdan que la filosofía es una nostalgia del tiempo en que la soberanía estaba unificada por razones políticas, en el que la sabiduría era definida por el rey -cargo que habían ostentado todos los filósofos jónicos-. Las fuentes más antiguas abundan en este hecho: Píndaro habla de “los reyes superiores en sabiduría”, en una pretensión ajena a la poesía; Empédocles plantea que la filosofía pertenece a los profetas, a quienes poseen la mántica, a los que se asigna un estatus real. El gesto filosófico es ante todo el de aquellos que no soportan que la filosofía esté en manos de los dioses o de los hombres y que tienen a su favor toda la tradición de una institución real, política y efectiva: el discurso de los reyes. De hecho, la filosofía aparece así, como una nostalgia de un tiempo en el que había sofía.

Lo más importante es comprender en qué forma esta sabiduría deja instalado el problema de la soberanía. ¿Qué significa que quien mande sea la naturaleza? ¿Qué significa que quien mande no sean ni los dioses ni los hombres? Lo más interesante de los filósofos jonios es que la arché es de la physis. Arché, que en este contexto no significa “principio” sino “poder soberano”, es de la physis, cuya raíz etimológica refiere a lo que hace brotar, aquello cuya consumación hace que perezca toda individualidad, lo que hace nacer y morir, y que durante ese tiempo sostiene la entidad.

Aristóteles no habla de la arché como principio, sino que lo define como aquello a partir de lo cual se es y a lo que se retorna, lo que en el centro explica su substancia. La arché es por tanto la noción, la idea de que existe un poder de crear y sostener cuantas cosas son, de devolverlo a sí y de volverlo a crear. La idea de la arché en tanto que función de la soberanía es la comprensión exacta de que lo único que puede determinar con exactitud la reconstrucción de cualquier forma de organización tiene que ser el ciclo completo, los ejercicios completos, de lo que nace, subsiste y acaba en la naturaleza. Nuestros textos, al acto profético que enuncia ese acto soberano de la naturaleza por el que se crea, por el que se subsiste y se acaba dentro de un ciclo que es el ciclo temporal de la vida, ese acto profético, ese acto declarativo es el logos.

Hay filosofía cuando hay textos en los que se habla de la antigua sabiduría que otorga la soberanía entendida como nacimiento, muerte y subsistencia intermedia y que hace que eso pueda ser declarado mediante un acto profético, declarativo, para el cual lo esencial es el logos, la utilización del logos. Este gesto es el que nos permite identificar los inicios de la filosofía, un gesto que no puede ser interpretado como aquel que articula la vida de la ciudad ni un gesto que pueda extrapolarse a la contemporaneidad. Es el gesto que encontramos, por ejemplo, en Tales: un rey al que se le pide que dé leyes, que suspenda la disolución de los múltiples discursos mediante la apelación a una determinación que ha de ser propia de una legislación.

Un comentario en “Los filósofos presocráticos (I)

  1. Pingback: Índice de Espíritu Griego, de Quintín Racionero | Reflexiones intempestivas

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