Europa como horizonte

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La categoría de aceleración, inserta en los procesos contemporáneos de desarrollo y configuración de la realidad, está ocasionando la fractura del horizonte de expectativa social. Entre los escenarios utópicos abiertos durante la contemporaneidad se encuentra el proyecto Europa; quizás, a día de hoy, el único espacio político tintado por este componente.

Tras décadas de recorrido, la situación de este horizonte de expectativa, más que probable hace pocos años, se encuentra paralizado ante la aceleración derivada de los acontecimientos presentes. Lo que había sido con la CECA un espacio primitivo de intercambio de mercancías y capitales, ha trocado en un proyecto político idealizado incapaz de sobreponerse a los embates derivados del tiempo gozne actual. Desde el escenario devastado de posguerra, la conformación de lo político europeo en un sentido ideal se antojó como la mejor de las posibilidades ante la destrucción y el auge totalitarista. Aunque, como ya ha quedado de manifiesto, el impulso inicial vino de la mano de los mercados liberados. Este primer impulso mercantil encontró más posibilidades mediante la expansión de sus propósitos iniciales y, al tiempo que ingresaban más miembros, el espacio económico fue virando hacia lo político entendido desde el prisma de los valores democráticos.

La plena conformación de la Unión Europea llegaría a principios del siglo veinte con la incorporación de los Estados miembros actuales, la plena implementación de las políticas e instituciones comunes y el desarrollo de la moneda única. Esta realidad sociopolítica, cimentada sobre valores democráticos inclusivos y fundados sobre la posibilidad de desarrollo individual y colectivo, se ha visto asaltada por varias problemáticas de complicada gestión debido a la ausencia de un sustrato sólido.

Como primer elemento distorsionador, debe ponerse de relieve la escasa identificación generada con el proyecto Europa. Aunque en España se ha generado una doble lealtad en la que se solapan ambas identidades, la nacional y la europea, son muchos las zonas de la Unión en los que reina el descontento con el proyecto. En este sentido, la falta de tradición telúrica, la insuficiencia de los mitos creadores del componente identitario y la virulencia de la crisis, han provocado un profundo desarreglo entre la ciudadanía europea. España, a remolque continental desde finales del XVIII, ha visto en la empresa una salida adecuada hacia la modernidad y el progreso que no se ha identificado de la misma manera en otros lugares. Desde el estallido del problema económico los principios de solidaridad entre territorios, la necesidad de utilización de fondos europeos para rescates financieros y los desequilibrios estructurales entre los integrantes, han dejado de manifiesto la existencia de una subdivisión territorial por sus características económicas. Se ha llegado incluso, tras la vertiginosa fractura griega, a concebir la fragmentación europea debido a las diferencias en desarrollo y gestión existentes. Ha anidado, a través de estas nociones, la idea de que existen dos clases de europeos: los mediterráneos y los plenamente europeos. Los primeros, quizás un poco africanos y creadores de un lastre para los segundos autoconsiderados como el motor de la confederación.

La falta de concreción institucional, la deriva política y el menoscabo de la confianza en el supragobierno generado para la gestión confederada se ve también como un obstáculo para el desarrollo y concreción de la idea Europa. Los ajustes obligados, la necesaria retribución por parte estatal y la deserción de resultados tangibles, son problemas añadidos para la identificación con este horizonte posible. Europa acaba por verse como un problema pues se reducen cuotas de producción, se establecen limitaciones, se aplican normativas y se genera un control de calidad que a priori parece dificultar el tránsito de capitales y mercancías. Se deja de lado, al menos en España, el periodo de expansión europea durante el que el país percibió una enorme cantidad de ayudas orientadas al desarrollo. Este avance, fomentado desde Bruselas, con independencia de los desmanes y desfalcos acaecidos, permitió el avance firme hacia una unificación de las condiciones socioeconómicas en todo el territorio.

Sin embargo, esta arquitectura institucional, acaba por verse como una limitación a los gobiernos estatales aparentemente sometidos a unas decisiones alejadas de las cuestiones supuestamente reales. Esta miopía, estimula como elemento adicional, el entorpecimiento de una política común ante un mundo deslocalizado y globalizado regido por la privatización neoliberal inmune a las necesidades sociales. El propósito Europeo, en su dimensión utópica, podría suponer un adecuado freno legal y gubernativo para los conglomerados empresariales que subvierten las necesidades ciudadanas. Esta excesiva privatización del sector público, establece en los Estados contemporáneos una merma en sus posibilidades de gestión que podría verse paliada con una normativa común para todos los integrantes de la Unión.

Por encima de todas estas cuestiones, debería resonar la renuncia a los valores rectores del proyecto europeo. La solidaridad, el espacio para la democracia, la libre circulación de personas y la tolerancia como bandera son componentes fundamentales a los que se ha renunciado desde el momento en el que se han clausurado las fronteras. El fenómeno global, creador de profundas desigualdades, ha dado como resultado un flujo migratorio al que Europa ha dado la espalda. De no resolverse esta importante cuestión, y con independencia de la fractura ocasionada por la salida inglesa, Europa como proyecto utópico nunca volverá a recuperar su credibilidad.

 

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