Mortal y fúnebre, de Aída Míguez Barciela

La presente entrada es una reseña del ensayo Mortal y Fúnebre, de Aida Míguez Barciela, y un análisis de la figura de Aquiles a partir de dicho texto y de «La guerra que mató a Aquiles», de Caroline Alexander.

Mortal y fúnebre es un ensayo de la doctora en filosofía Aida Míguez Barciela publicado por Dioptrías, una editorial especializada en no-ficción literaria[1]. Se trata de un trabajo concebido originalmente como tesis doctoral centrada en la lectura hermenéutica de la Ilíada. Advierte desde el primer capítulo del abismo de lenguaje por el cual están separados la obra original y el lector moderno, en cuanto la mentalidad contemporánea plantea desde la misma pre-adquisición heideggeriana (lo que el alemán llamaba el vorhabe) una serie de dualismos no contemplados en el lenguaje que maneja Homero. Esta introducción a la terminología resulta de gran utilidad para la comprensión no ya del ensayo sino de la Ilíada, abordada con otros ojos después de pasar por las páginas de Mortal y Fúnebre, así como del pensamiento griego y su concepción del mundo.

De este apartado centrado en lo lingüístico cabe señalar la identificación del poema como unitario y de Homero como poeta naiv, capaz de describir las cosas en su plena unicidad. Así, el epíteto, el orden de las palabras y otros recursos estilísticos se ponen al servicio de presentar las cosas tal cuales son[2]. Esta prioridad es debida a que, como apunta la autora, en Grecia no hay un modelo explicativo que «desvele» la cosa envuelta aún en misterio, dueña de una compleja profundidad que convierte en estético el trasladar dicha singularidad al lenguaje. «Belleza quiere decir irreductibilidad», apunta Míguez para poner de reflejo la importancia de este aspecto «que no es solo literatura, sino ontología». No nos encontramos en el mundo instrumental de los entes sino en el de Heráclito, en el que una simple habitación está «llena de dioses».

Otro substancioso análisis, al que está dedicado la muy remarcable cubierta de Marcos Chamizo, gira en torno a Aquiles y la muerte. Aquiles es un personaje fascinante, conocedor de la brevedad de su vida, vuelto hacia la muerte temprana y precisamente por ello genuino en sus decisiones. Las similitudes entre esta caracterización del pensamiento griego y la filosofía heideggeriana son claras: Aquiles es consciente no ya de su finitud sino de ser-para-la-muerte en la forma más pura, ya que no es meramente un ser que transita pasivamente hacia el fin, sino que está entregado desde su nacimiento a la muerte temprana —la cual por su excepcionalidad resulta más cruel, más grave— y es consciente de este hecho.

Aquiles actúa por ello desde la autenticidad. Rechaza los regalos que buscan disciplinarlo y subordinarlo a la empresa colectiva militar. ¿Qué clase de empresa? Como señala Caroline Alexander en La guerra que mató a Aquiles[3], la guerra de Troya no se presenta como gesta romantizada sino como tarea violenta que mata a los jóvenes en la flor de la edad, siega líneas genealógicas y priva a la ciudad de sus mejores hombres (para lo que en la actualidad se emplearía el muy ideologizado término «capital humano»); en palabras de la autora, el texto desafía «la visión heroica de la guerra» y Aquiles «el presupuesto indiscutible del servicio militar». Aquiles, personaje folclórico criado en un contexto mitológico-fantástico habitado por centauros y escenario de uniones entre dioses y mortales, no pertenece a ese mundo de bronce y sangre: lleva consigo a los campos de batalla troyanos su ser-en-el-mundo, un mundo al que no pertenece y del que no tarda —en términos del poema— en desconectarse. Como dice Míguez: «reivindica más radicalmente que nadie el código que hay o, al menos, había». Había, ¿cuándo? En ese mundo previo al de la Ilíada en el que se crio. Cuando Aquiles es arrancado de su hogar —mientras el kósmos ordena, el hombre cambia las cosas de sitio— para ser arrojado ante las murallas de Troya no se trata meramente de un cambio escénico sino epocal: ahora se encuentra en un contexto bélico, realista, en el que los dioses aún están ahí, pero se irán alejando progresivamente (como apunta Citati al analizar la Odisea en El pensamiento iridiscente[4]).

Es el lazo personal, auténtico, perteneciente a ese mundo antiguo del que proviene, el que finalmente saca a Aquiles de su aislamiento y lo arroja a una senda cuyo final es la muerte, su muerte. El héroe trata en vano de distanciarse de un mundo en el que las riquezas aspiran a compensar el honor personal, en el que se confiere «una autoridad irracional a hombres de menor talla [Agamenón]» —la cita es de Alexander—, en el que las relaciones personales —Fénix— se ponen al servicio de empresas colectivas en las que el individuo no tiene el menor interés, en la que la guerra se convierte en espectáculo de dioses. El destino de Patroclo es un anticipo de lo que pasa cuando esos fragmentos del mundo antiguo se dejan capturar por la retórica aquea, reflejada en la invocación del concepto de agathós con la que Néstor convence al compañero[5] de Aquiles. Más tarde, el golpe de Apolo desnuda a Patroclo, le quita el casco: bajo el símbolo del nuevo tiempo militar hay un joven fuera de su elemento listo para morir.

Como apunta con acierto la autora, la reacción de Aquiles no es sentimental. No son sus sentimientos personales los que le hacen lanzar ese «grito monstruoso» sino el haber fallado a su amistad, a sus lealtades. Pese a distanciarse de ese mundo que desprecia no ha conseguido aislarse de él. La negativa del héroe a participar en la guerra dejaba el conflicto «en suspenso» y a ello hay numerosas alusiones a lo largo del ensayo. Si Aquiles renuncia a propiciar con su muerte el cambio de época del mundo folclórico al mundo comunitario el tiempo también queda suspendido. Aquiles comprende que su mundo ha muerto y que ni volviéndole la espalda al mundo nuevo puede separarse de él y conservar sus valores. Debe ir a él, abrazarlo y con él, abrazar su propia muerte, asumir en su forma más salvaje y pura que su tiempo ha pasado. Así como el abismo lingüístico nos impide regresar a la mentalidad griega, al mundo griego, Aquiles tampoco puede volver a su mundo de origen. Como apunta la autora: «No hay regreso».

Concluyendo con un muy interesante análisis sobre otros aspectos de la Ilíada como son el arte, la figura del artista o la retribución, Mortal y Fúnebre es un texto muy recomendable para cualquier lector que desee abordar el relato homérico con una perspectiva más profunda, a través de la cual adquirir un mayor entendimiento de la obra y precisamente por ello, una mayor maravilla ante su complejidad, riqueza y significado.

[1] http://cultura.elpais.com/cultura/2016/09/30/babelia/1475228540_931723.html
[2] La exhortación pindárica «sé quien eres» o la afirmación «yo soy el que soy» del dios judeocristiano son solo dos ejemplos de la importancia otorgada a esta cuestión en la Antigüedad.
[3] La guerra que mató a Aquiles, publicado por Acantilado
[4] Ulises y la Odisea – El pensamiento iridiscente, publicado por Galaxia Gutemberg
[5] Alexander prefiere el término therápōn, mientras que Míguez opta por dar preferencia a hetaîros.

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