Retratos de transpolítica (III)

1. Una perspectiva desde Nietzsche

El niño nietzscheano, —careciendo de una totalidad explicativa en un mundo cada vez más próximo -en la concepción heideggeriana de proximidad- y al mismo tiempo cada vez más lejano, tan distante que la empatía se disuelve; confundido por la información fragmentaria que recibe y una temporalidad carente de todo sostén; despojada su existencia de un sentido último por la Modernidad y la razón instrumental— ha elegido dar media vuelta en la genealogía en la que le ubicó el filósofo, revertir en camello y creer de un modo absoluto y ciego que hace modesta a la unamuniana fe del carbonero. No se conforma con un profeta que arroja a sus pies un martillo con el que endurecerse: quiere un mesías que no entregue herramientas, sino que solucione «los problemas» él solo. A Zaratustra se le rechazó en su día por radical e incomprensible, hoy se le rechazaría por insuficiente y severo.

2. (Híper)realidad made in U.S.A.

El respaldo a Trump es el abrazo a la sociedad post-factual, en la que la hiperrealidad es al mismo tiempo creada por la masa y proporcionada a esta a través de los mass media afines, en la relación bidireccional que detalla Baudrillard. Cuando Trump afirma algo se convierte en hiperrealidad: es más real que lo real. Uno de sus seguidores se sorprendería al encontrar una ciudad de mayoría afroamericana que no se asemejase a las «zonas de guerra» descritas por su líder, en las cuales «te disparan cuando vas a comprar el pan», del mismo modo que, tomando el ejemplo que cita Baudrillard, hay personas que se sorprenden al ver sangre porque no es como la de las películas. La sangre falsa es más real que la real. La versión trumpiana de la realidad es más real que la realidad y sus seguidores responden en consecuencia. Impermeabilizados a la refutación, habitan ya un espacio que refleja y al mismo tiempo dictamina su imagen del mundo.

3. Réplica a Žižek

Slavoj Žižek plantea que una victoria de Trump provocaría un revulsivo tanto en el Partido Demócrata como en el Republicano. Tiene razón en el primer caso, no así en el segundo. La reforma del Partido Republicano tendrá lugar si Trump pierde, ante la evidencia de que en unos Estados Unidos cada vez más diversos no se pueden ganar elecciones apelando exclusivamente al varón blanco conservador de clase trabajadora y región deprimida. A la luz de los hechos, puede que ni siquiera en ese caso se lleva a cabo reforma alguna. El candidato a vicepresidente Mike Pence ya dejó asomar en el debate en el que se midió contra su homólogo demócrata, Tim Kaine, la postura del Partido Republicano en caso de que el trumpismo sea derrotado: fingir que nunca existió.

Si gana, se llevará a término un proceso que lleva meses teniendo lugar: la fagocitación de la totalidad del partido por el populismo derechista (que al otro lado del Atlántico se incluiría en el eufemístico término paraguas de la derecha alternativa) liderado por Trump, Rudy Giuliani, Newt Gingrich, Steve Bannon, Roger Stone, etc. No habría revulsivo ni reforma, sí gran alivio al poderse llevar a cabo aquellas medidas que el republicanismo lleva años queriendo materializar. Aquellos elementos que encontraban acomodo en la big tent del Partido Republicano y que ahora rechazan a Trump (conservadores tradicionales, liberales ortodoxos, mormones) seguirán votando por compromisos ideológicos como la paralización de cualquier reforma con respecto al aborto o la elección de jueces afines para el Tribunal Supremo. La alternativa sería organizar un partido residual cuyos resultados no serían mejores que aquellos a los que aspira lograr el candidato independiente Evan McMullin.

4. ¿Marine Le Trump?

Si Trump es derrotado, no se puede descartar que de la pugna por el control del Partido Republicano se erigiese victoriosa su concepción de la política -y la realidad- capitaneada esta vez por una cara más amable. Es irresistible trazar un paralelismo con el Frente Popular francés, cuyo éxito tuvo lugar una vez reemplazado su anterior líder -faltón, demasiado frontal, incapaz de mantener ocultos los elementos obscenos de su tendencia política- por una candidata de idéntico cuño ideológico que sí sabe presentarlo de forma palatable para sectores amplios de la población. Tal vez no debería preocuparnos tanto Trump como quien le suceda.

5.Una mirada al futuro

Gane quien gane, el sistema político estadounidense se encuentra ya en un punto crítico. El desprestigio acumulado en las instituciones, el rol de los polarizados medios de comunicación en el tejido de esa hiperrealidad de la que hablábamos en el segundo párrafo, el desencanto con la clase política, la normalización del discurso violento, xenófobo, sexista, homófobo y anti-intelectual, dibujan un panorama que apunta a un sistema político agonizante.

6. Saturno en televisión

Desde una perspectiva psicoanalítica, la sociedad configura nuestros deseos y tendencias; así, una sociedad patriarcal empuja, como reacción al caos percibido, a la búsqueda de una fuerte figura paterna. Del mismo modo que sus posturas conservadoras son una caricatura de las posturas conservadoras genuinas, Donald Trump es una caricatura de la figura paterna. Violento, autoritario, mujeriego, soez, altivo, incestuoso, él mismo es la parodia extrema de dicho constructo. Las alusiones a la virilidad por parte del magnate y su entorno son tan abundantes como reflejo de su naturaleza caricaturesca: se jactó del tamaño de sus genitales durante las primarias republicanas, su política fue definida como «de hombros anchos» por el candidato a vicepresidente y quizá la más risible ocurrencia corresponda a Nigel Farage, del también populista UKIP, que afirmó que después del segundo debate presidencial Trump le había recordado «a un gorila de espalda plateada, dominando a su oponente [Nota del autor: femenina]».

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