El islamismo como movimiento reactivo

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La base del racismo cultural presente en la sociedad se encuentra en el discurso y la discriminación contra aquellas personas pertenecientes a una minoría y, de manera evidente, se orienta a ejercer la dominación sobre el grupo en inferioridad.  El sustrato común de todo tipo de racismo se perpetúa en la exclusión o en la construcción de una realidad en la que se distribuye de manera desigual el poder. Desde 1492, la agresividad desmedida y el mesianismo radical han sido las notas propias de todas las vertientes imperialistas generadas por el devenir histórico; desde las más evidentes hasta las actuales camufladas en el mercado global. Esta hegemonía amparada por el mercantilismo se produce desde la asepsia y la lejanía pues se accede a ciertas regiones del mundo por medio de un entramado empresarial global cercano a la utopía imperial portadora del sumo bien nacida con la Edad Moderna.

Es de esperar que esta clase de dominio ocasione una conceptualización en oposición orientada a algún tipo de acción política y social. De manera simultánea al establecimiento de las políticas neoliberales tras la Crisis del Petróleo, desde el éxito de la Revolución Iraní de 1979 se presenta el islamismo como un movimiento sociopolítico emergido en el islam y definido desde una perspectiva ideológica, política y religiosa caracterizada por su oposición a aquellos movimientos enfrentados a esta confesión. Puede suponerse este brote islámico como la reacción a la política de expansión del capitalismo a través de la globalización económica pues, lejos de lograr el objetivo de propagar unos valores occidentales presumiblemente superiores, se ha conseguido el refuerzo de los elementos hostiles a las democracias occidentales amparadas bajo el refugio de la economía liberada. Este islamismo contrario a los valores occidentales transmitidos globalmente gracias al libre mercado se sumerge en el pasado para la construcción de un ideario revitalizador de elementos pretéritos adaptables así a objetivos presentes.

El islamismo muestra una gran diversidad sin carácter homogéneo y varía enormemente de una zona a otra dependiendo de la apropiación realizada del legado tradicional. Uno de sus rasgos se resume en ser una ideología con tendencia globalizadora de inclinación tanto individual como colectiva que se nutre del Corán para fundar unos principios rectores cuyo término es la soberanía de dios en la tierra. Así pues, busca una vía propia hostil a la occidentalización y laicización sin negar las ventajas técnicas derivadas de la era de la información y la comunicación. Esta doctrina incluye nociones políticas como la chura o consulta y principios económicos como el igualitarismo o la prohibición de la usura (elementos enfrentados de manera directa a los planteamientos neoliberales). Además, la individualidad como base de la identidad democrática neoliberal no es reconocida desde el ámbito islámico cuya filia reside en los lazos de consanguinidad o parentesco conformados en el grupo vedando así al Estado y al individuo. La concepción del “guerrero por la fe” es originaria del ámbito islámico y supone una tradición opuesta a los infieles por ser considerados como enemigos de dios. De esta manera, fue en el islamismo donde se desarrolló la noción de que la lucha contra los impíos u hostiles a su religión encontraría una recompensa articulada en forma de promesa religiosa. Aún así, este posicionamiento no es original y ya encuentra precedentes en la guerra en nombre de un dios producida en la Grecia clásica para la destrucción absoluta de los rivales y también la conversión de Jehová en dios universal para la glorificación de Israel sobre el resto de pueblos.

La invasión del bloque anticapitalista a Afganistán en 1979 generó un movimiento de apoyo internacional de militantes islamistas que, una vez finalizado el conflicto con la URSS, volvieron a sus lugares de origen con el recurso a la violencia asimilado. Desde mediados de los años noventa proliferaron grupos organizados en torno a estos excombatientes que entendían el uso del terrorismo como lícito para la consecución de sus metas. Es así como nace el terrorismo global actual apoyado en instrumentos de difusión derivados de la sociedad de la información y la comunicación, se torna un terror-espectáculo con fundamento en la polaridad de la realidad que localiza su oposición en el capitalismo global contra el que lucha mimetizando la ambigüedad transnacional idiosincrásica de las técnicas económico-políticas del neoconservadurismo contemporáneo. Se trata de una tendencia reactiva e intracapitalista aprovechada de las ventajas del mercado internacional que también se nutre en cierta medida del caos ofrecido por este tipo de políticas.

El islamismo radical, más que como un movimiento religioso, cultural o civilizador, debe entenderse como una expresión política en oposición al sistema dominante. La contemporaneidad amplía la dialéctica amigo-enemigo, incluyendo una visión maniquea de lo real, a niveles globales. Esta proyección internacional del terrorismo islámico ha obligado a construir un entramado ideológico y organizativo  para combatirlo blindando más si cabe al capitalismo global. Es decir, este tipo de oposición contra el modelo gubernativo global no provoca sino una reducción de las libertades en su lugar de procedencia para conseguir, por medio de una belicosidad cada vez más acusada y aparentemente orientada a la defensa contra las agresiones externas, la perpetuación del sistema político reforzado tras estos embates. El sostenimiento del sistema en lo relativo a la seguridad del propio sistema provoca la paradójica destrucción de las libertades aparentemente defendidas. Por este camino los Estados, amparados por el terror ciudadano, asumen una representación simbólica garante de la unidad nacional reforzándose así la problemática pulsión identitaria en oposición dialéctica a otro grupo definido por el propio sistema. Ciertamente, se pone de manifiesto como la conceptualización de la realidad político-social ha alcanzando dimensiones absolutas implicando a la totalidad de un planeta interconectado gracias a los avances técnicos establecidos para mejorar la liberalización de los mercados cobijada por los estados democráticos. La actuación del bloque occidental se apoya en la herencia ilustrada en relación a la comprensión de la alteridad pues esta es entendida como la barbarie, como aquello hostil a los principios más avanzados y adecuados. De esta forma, se justifica la aplicación de la violencia para erradicar esta oposición a los valores virtualmente superiores dejando patente la pervivencia del antropocentrismo propio del imperialismo colonial.

Por tanto, queda de manifiesto que los procesos globales actuales alimentan una serie de energías reactivas orientadas a la oposición contra la organización mundializada contemporánea. Se trata de una problemática a considerar pues, en muchos casos, se establece la imposibilidad de tratamiento de un asunto más complejo de lo que quieren hacer creer ciertos sectores. Siguiendo Alain Badiou, resulta una cobardía no tratar esta cuestión de manera objetiva y crítica.

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