Derrotar(te)

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Dentro de la ontología del neurodivergente pueden plantearse dos extremos. En el primero, el neurodivergente es su enfermedad. Su totalidad se explica desde ésta. En el segundo, el individuo es una entidad separada de la enfermedad. Este dualismo concedería a la enfermedad su propio ser, equiparándola a un agente infeccioso. De este modo, aun siendo congénita podría mitigarse hasta el punto de no «obstaculizar» el desarrollo del individuo en sí –en realidad, el desarrollo de su capacidad productiva–.

La sociedad del rendimiento gusta de ambas perspectivas por su potencial controlador. Reservando el primer enfoque para la parte más visible del espectro neurodivergente, aplica el segundo a aquellas enfermedades que pueden ser desdeñadas como meras crisis o, veremos más adelante, como una tara en la personalidad o un déficit de motivación. La ansiedad y la depresión son dos de las candidatas idóneas a ser clasificadas de este modo, siendo arrastrado quien las padece a esta forma de etiquetado.

El capitalismo tiende a presentar como «obstáculos a superar» tanto las trabas estructurales que impone –a menudo de naturaleza difícilmente salvable, cuando no imposible– como todo elemento que ponga el rendimiento «óptimo» en riesgo. Aquello que torpedea al individuo pero no al rendimiento, como trabajar más allá de lo estipulado en un contrato a costa de la vida familiar, no se presenta como problemático más que de forma anecdótica. Solucionar este déficit personal rara vez pasa del wishful thinking.

La neurodivergencia que no perjudica el rendimiento queda exenta de este trato. Nadie es despedido de su puesto de trabajo a causa de mostrar tendencias sociopáticas, a menos que estas saboteen el clima laboral hasta el punto de que se resienta la producción (no hay ningún problema si la sabotean pero la producción aumenta). La sociopatía, de hecho, resulta sumamente práctica en muchos entornos laborales. Especular con el precio de los alimentos, vender hipotecas subprime o encontrar el modo de gestionar un despido beneficioso para la empresa y perjudicial para el trabajador son tareas que se benefician de la escasa empatía que acompaña al trastorno psicopático. Algunos autores del nuevo masculinismo radical animan a desarrollar la psicopatía y la sociopatía como si fuesen habilidades. Destacan su valía en los negocios y las relaciones sexuales.

Una vez presentada la enfermedad mental como ajena al individuo y algo que se puede y debe superar absolutamente, se genera una respuesta social normativa a la misma. Las crisis se perciben como reprensible consecuencia de una falta de motivación, de voluntad, encumbrada ésta en el capitalismo a la categoría de bálsamo de Fierabrás que permite a su usuario superar cualquier adversidad: la piedra angular del tiránico «si quieres, puedes» por el cual «si no puedes, es que no lo quieres lo bastante. La responsabilidad es tuya y de tu debilidad de carácter».

El modo en el que el capitalismo fomenta el narcisismo, alimenta la competitividad hacia uno mismo, relativiza la neurodivergencia y estigmatiza al neurodivergente son los cuatro elementos clave de esta neurosis cocinada. El individuo, focalizado en sí mismo, orientado hacia la productividad y el triunfo, habiendo comulgado con el «si quieres, puedes», combate con denuedo una neurodivergencia socialmente incómoda que percibe no como parte de sí, sino como una externalidad tumoral a extirpar. En pugna contra sí mismo, surgen los sentimientos de fracaso. «¿Por qué no lo consigo? ¿No soy lo bastante bueno? ¿No me esfuerzo lo bastante?». Infectado de narcisismo, busca en el yo recursos para «solucionar» una característica del yo presentada como problema no con el que convivir o que gestionar, sino al que destruir.

La proliferación de los libros de autoayuda, escritos muchas veces en clave empresarial, son un representativo síntoma de esta dinámica neurótica. El mero término «autoayuda» es pura neurosis. La autoayuda no es tal si viene pautada por un libro. Es el libro el que ayuda, no uno mismo. Pero la cultura capitalista, con su carga narcisista, no soportaría admitir esto. «El poder lo tienes tú», rezan sus páginas, «el libro sólo las desbloquea. Eres tú quien se cura, quien se ayuda a sí mismo. Estira un poco más el brazo y alcanzarás la zanahoria. Algún día».

Esta expectativa revela su naturaleza superyoica al someter al individuo a una demanda imposible que aboca irremisiblemente al fracaso. El modo en que esta sádica exigencia hace el juego a la dinámica capitalista se escribe solo. Desvía la atención de las imposiciones neuróticas de la estructura y la redirige hacia el individuo, en una forma recurrente de auto-sabotaje.

Uno puede imaginar, en un futuro no muy diferente al presente, un programa de televisión en el que participantes neurodivergentes, apremiados a superar a base de esfuerzo las complicaciones que les aquejan, son «motivados» (en realidad humillados, insultados y vejados) por un jurado de celebridades con un pasado de admirables historiales de superación. Si el lector encuentra la idea descabellada, en el programa estadounidense The Biggest Loser se exponía a participantes obesos a pruebas ridículas, consumo de medicamentos –como han admitido ex-participantes– y agresivos discursos en una competición para determinar quién podía perder más peso. Los antiguos concursantes, huelga decir, recobraron el peso –con la ganancia que suele acompañar a los periodos breves y excesivos de dieta y ejercicio–. La naturaleza psicológica de la obesidad se abordaba, en el mejor de los casos, de forma tangencial. No se les enseñaba a gestionar, se les empujaba a latigazos a derrotar a un enemigo. Nadie les dijo que en realidad se estaban atacando a sí mismos, por lo que su percibida victoria era en realidad una derrota.

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