La dimensión de lo humano

 

La antigua consideración acerca del ser humano como zoon politikón ha gozado de pervivencia y salud hasta la actualidad. La organización de lo político y de lo social siempre se establece en base a una categorización que permite, como en todas las épocas y culturas, definir lo propio en función de lo ajeno. Sin un antagonismo no existe comunidad, no se da el lugar compartido tanto a nivel físico como a nivel moral. Esta generación de lo identitario no es propia de la contemporaneidad pues se ofrece en toda organización histórica al definir lo propio en función de las privaciones mostradas desde lo ajeno. La asunción de una identidad, con independencia de su signo o inclinación, debe hacerse mirando de frente a la alteridad; a lo diferente o distinto situado frente a nosotros en un espejo que devuelve una imagen idéntica, aunque lo suficientemente distorsionada como para catalogarla como ajena.

La protección desgajada de la identidad permite el amparo del individuo en el seno de lo colectivo haciendo posible la seguridad derivada del grupo. En la organización presente erigida desde los Estados-nación, esta identidad viene reforzada por una serie de simbolismos como el territorio, la lengua, el himno o la bandera cobijando a los sujetos bajo el paraguas alegórico de la patria. En este mundo compartimentado por fronteras definidas y claras allende las cuales pueden encontrarse estos rasgos comunes, lo propio y lo ajeno queda patente y no ofrece lugar a dudas para el posicionamiento personal.

Sin embargo, desde la Crisis del petróleo de los años setenta el mundo ha cambiado. Hemos asistido a un irresistible fenómeno de globalización en el que los Estados, garantes de las identidades colectivas, se han visto disueltos y desprendidos de su potencial. Se ha generado, a la sombra de la liberalización económica, un entramado empresarial de carácter transversal que atraviesa instituciones, legislaciones y culturas para adecuar todo al patrón económico emanado del pragmatismo. La cohesión grupal, los antiguos nacionalismos, son socavados por estos intereses financieros situados más allá de la sentimentalidad propia del proceso identitario. En sí, este asunto no tiene por qué ser ni bueno ni malo. Superar un anquilosado sistema de arquitectura de lo social puede resultar positivo pero, por el camino, considero que están perdiéndose valores y modos de actuar positivos para el ámbito de lo social. La sacralización del pragmatismo en aras de la productividad está dando como resultado una realidad deshumanizada y rendida al frío balance de beneficios. Es decir, hoy por hoy el respeto de los derechos humanos, la sanidad, la cultura o la gestión medioambiental está condicionado por la productividad o beneficio derivados de este tipo de actuaciones.

Si no hay rendimiento, no hay interés. El altruismo o el establecimiento de nichos ajenos a la productividad liberal ha quedado relegado a la beneficencia y los Estados contemporáneos son incapaces de poner barreras al fenómeno de la mundialización. Se ha generado una alteración de nuestros modos de relación, la comunidad está al fondo y la competencia es feroz a nivel individual. Se ha creado a todos los niveles una primacía de lo agonal que, lejos del sentido griego de búsqueda de lo mejor y excelso en el individuo, ha desembocado en una competencia desposeída de ningún tipo de valor adecuado para la vida en comunidad. El entramado de lo actual se ha visto, debido a esta tendencia, atravesado por esta individualidad feroz conducente a una sociedad deshumanizada y descargada de cualquier componente telúrico. Queda patente, a la vista de lo acontecido, la necesidad de dotar a la contemporaneidad de una adecuada orientación alejada del mero rendimiento económico pues, en caso contrario, el espacio de lo político acabará por descomponerse.

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