Retratos de transpolítica (II)

trumpwashingtonpost

Las afirmaciones que Donald Trump hizo en 2005 con respecto a las mujeres y la ventaja sexual que su posición de poder le otorga sobre ellas[1] ha provocado la condena casi unánime del Partido Republicano, varios de cuyos miembros incluso han llegado a retirar el apoyo proporcionado en su día al candidato[2]. La respuesta a estos exabruptos cargados de referencias explícitas a la violación era predecible. Sin embargo, también arroja una pregunta: ¿por qué son éstas las declaraciones que han hecho perder la paciencia a tantos colegas de partido? Los motivos aducidos y especialmente el modo de expresarlos dejan entrever aspectos de la mentalidad conservadora que creemos conveniente analizar.

Durante esta campaña los insultos de Trump han tenido como objetivo a cualquier colectivo imaginable. Abarcan un amplio espectro: desde insinuar que una madre musulmana no habló durante la convención demócrata sobre su difunto hijo porque su marido no le dio permiso, a llamar «violadores» y traficantes de drogas a los inmigrantes mejicanos, pasando por sus numerosos improperios hacia las mujeres -alusiones al peso, al carácter, la energía, la apariencia, la menstruación, etc.-[3]. Ha atacado a sectores y personalidades tenidos por intocables en el ideario conservador: veteranos de guerra, militares afectados por trastorno de estrés post-traumático, generales de alto rango. Incluso realizó comentarios cercanos a la psicopatía acerca del gran estandarte republicano desde principios del milenio: los atentados del 11 de septiembre[4]. Hacer un informe más exhaustivo de su retahíla de insultos excedería tanto la extensión como el objetivo pretendido para esta entrada. Huelga decir que estas afirmaciones han sido el pan de cada día en una campaña de reality show vulgar, como describimos la semana pasada[5].

La pregunta por lo tanto es ¿por qué ahora? ¿Qué línea invisible se ha cruzado?

Jon Favreau[6] y Mitch Stewart[7], analistas políticos, han interpretado los hechos en clave electoral desde dos ópticas distintas. El primero se pregunta si los miembros del Partido Republicano se hubiesen apresurado en condenar de forma tan enérgica esas afirmaciones ante una posición de ventaja electoral por parte de Trump. El segundo afirma: «puedes atacar a los musulmanes, los latinos y los afroamericanos si no representan una mayoría o una minoría significativa en tu distrito sin pagar un precio electoral […] pero las mujeres, independientemente de dónde vivas, son una mayoría». En las anteriores elecciones estadounidenses, el 53%[8] de las papeletas fueron emitidas por mujeres. Así, según ambos analistas la reacción del Partido Republicano se debería a la frustración por las perspectivas electorales del magnate, que se ha mantenido rezagado en las encuestas al limitar su propio espectro electoral a base de humillar a cada vez más numerosos e importantes sectores de la población.

Se puede ir más allá: la reacción del conservadurismo estadounidense tiene que ver no exclusivamente con el cálculo electoral, sino con la concepción patriarcal de la mujer.

Cuando Trump insulta a musulmanes, latinos o afroamericanos, sus insultos están dirigidos al «otro», un otro no blanco y por lo general, de clase trabajadora. En su distante alteridad, percibido como masa ora inerte, ora a controlar, ese otro resulta tan lejano que los ataques verbales no son percibidos como algo reprobable. El latente racismo interpreta los insultos como «habla cotidiana»[9], como una respuesta refrescante y valiente a una molesta «corrección política». Este rechazo furibundo a la «corrección política» pone de manifiesto que quienes defienden ideas reaccionarias no toleran que exista una reacción frente a los ataques hacia colectivos víctimas de opresión estructural pasada y presente. «Make America Great Again» también invoca una época en la que el discurso social aún no tenía la amplia aceptación de la actualidad.

En cambio, las mujeres a las que alude Trump en sus declaraciones son percibidas como «propias». ¿Significa que se ha rebasado la distinción señalada por Beauvoir, en la que lo masculino es lo original y lo femenino es «lo otro»? Todo lo contrario, lamentablemente. El prisma conservador retiene aún una concepción profundamente patriarcal de la mujer, por la cual no es tanto «mujer» en sí misma como esposa, madre, hija, es decir, un ente que consigue su categoría al serle otorgada por un hombre. Los mensajes de repulsa de Jeb Bush[10] y Mitt Romney[11], figuras respetadas dentro del establishment conservador, son sumamente reveladoras al respecto. El antiguo gobernador de Florida alude a su condición de abuelo de dos niñas para justificar su condena; el que fue rival de Barack Obama en las elecciones presidenciales de 2012 habla de «degradantes insultos a nuestras mujeres e hijas». Cuando hablamos de las mujeres percibidas como «propias», hablamos de mujeres percibidas como ese «nuestras» que menciona Romney. Trump no ha atacado a «las mujeres», ese vasto otro que incluye a Ghazala Khan y Alicia Machado, ha atacado con alusiones a la violación -nada excita la respuesta patriarcal como preservar «el honor» o «la honra» de la mujer percibida como propia- a «nuestras mujeres», a la mujer blanca de clase media o media-alta, casada, que puede permitirse ir a comprar muebles, la clase de mujer que persigue Trump y el prototipo que describe en sus jactancias. Y lo ha hecho a treinta y un días de unas elecciones que ya tenía pocas opciones de ganar.

Cuando la categoría y el objetivo de los insultos no acarreaban consecuencias electorales o iban dirigidos a un colectivo percibido como otro, estos eran recibidos con desgana y hasta comprensión. Esta vez se combinan dos factores -consecuencias políticas desastrosas, objetivo percibido como propio, como posesión preciada a cuidar- y la respuesta pasa a ser de indignación y repulsa, conformando un escándalo que no busca sino enmascarar la prevalencia de dichas opiniones en una sociedad en la que el poder económico otorga poder sexual, en la que la mujer es percibida como trofeo, como presa que debe someterse a los avances del varón poderoso económicamente. La cultura de la violación, en definitiva.

Podremos hablar de un distanciamiento real de los preceptos patriarcales cuando esta expresión de unánime repulsa tenga lugar cada vez que se produzca un insulto de esta naturaleza contra cualquier mujer, y que se reivindique su dignidad no por una categoría concedida por el mundo masculino, sino por tratarse de un ataque amparado por la estructura contra la dignidad de una mujer, independientemente de su condición.

Por último, analizar la cuestión desde la perspectiva psicoanalítica nos llevaría a concluir que la indignación contra Trump también se debe en buena parte a haber revelado un «beneficio obsceno» oculto pero de sobra conocido, como es el hecho de que la cultura de la violación ampare sus acciones dada su condición de millonario. Si durante el curso de la Segunda Guerra Mundial un oficial nazi afirmase abiertamente que existen numerosos campos de exterminio funcionando a pleno rendimiento y que además disfruta de dirigir uno de ellos, sería cesado de inmediato. La existencia de dichos campos es un hecho conocido, todo el mundo «lo sabe», pero no debe decirlo abiertamente. «Llevaremos a cabo todas las medidas necesarias para garantizar una Europa libre de contaminación…» o cualquier otra afirmación sacada de la retórica nazi se consideraría mucho más aceptable, ya que menciona los campos de exterminio sin mencionarlos, manteniéndolos presentes pero velados. Si manifestase abiertamente que, tal y como todo el mundo sabe, existe ese beneficio obsceno y oculto con el que obtiene su plus-de-gozar, entonces sí se produciría una respuesta de condena.

[1] http://www.politico.com/story/2016/10/trump-wapo-229299
[2] http://wpo.st/UY642
[3] http://wapo.st/2dEQbVJ?tid=ss_tw
[4] https://www.washingtonpost.com/news/post-politics/wp/2016/09/11/on-911-trump-noted-that-he-now-owned-the-financial-districts-tallest-building/
[5] https://reflexionesintempestivasblog.wordpress.com/2016/10/04/retratos-de-transpolitica-i/
[6] https://twitter.com/jonfavs/status/784759804417875970
[7] http://www.politico.com/story/2016/10/democrats-gop-donald-trump-comments-women-229340
[8] https://voterunlead.org/go-vote/womens-vote/
[9] https://www.theguardian.com/us-news/2016/aug/28/mike-pence-donald-trump-dwyane-wade-comments
[10] https://twitter.com/JebBush/status/784530223605903360
[11] https://twitter.com/MittRomney/status/784546373525966849

Un comentario en “Retratos de transpolítica (II)

  1. Me ha gustado mucho la distinción establecida entre la alteridad (mundo árabe, latino e inmigración en general) y el propio conformado por la mujer cosificada y ubicada en una jerarquía inferior cercana a la posesión.

    Enhorabuena. Buena reflexión.

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