Retratos de transpolítica (I)

Donald Trump

El populismo de Donald Trump es posmoderno pero no pospolítico. Lo es sólo en apariencia: si bien su retórica prescinde de la reivindicación ideológica -en su discurso sobre política exterior, afirma que su presidencia «reemplazará la ideología por la estrategia»[1]-, ésta se encuentra contenida en el discurso nacionalista, el dog-whistling[2] y la oposición a los sistemas burocráticos y la corrección política, germen de la atomización del descontento en reivindicaciones puntuales a la que señala Žižek al definir la pospolítica[3]. El elemento diferenciador es la exaltación del antagonismo: los ciudadanos frente a las élites, la difusión a través de redes sociales frente a la prensa, los nativos frente a los inmigrantes, el outsider (él, la figura del líder) frente al establishment (todo lo demás, el «otro» difuso y abstracto que describe Villacañas[4]).

Creemos que por sus características se ajusta más a la transpolítica de Baudrillard[5].

La transpolítica es el evento sin consecuencias. En el caso que nos ocupa no hay acontecimiento, ni siquiera evento, sino espectáculo, reality show político, la democracia de espectadores de la que habla Byung-Chul Han, entregada al shock emocional y al me gusta. No hay grandes cambios en sus promesas: revertir las decisiones más impopulares de la presidencia Obama, aranceles y otras medidas proteccionistas, imponer una línea dura en las fronteras. Hay una repetida jactancia acerca del poco tiempo que necesitarían estas decisiones para llevarse a cabo: derrotar a ISIS en tres meses, expulsar a los inmigrantes con antecedentes penales en una hora, construir el muro «tan deprisa que os dará vueltas la cabeza». Todo será fácil, rápido y cómodo, presentado a la manera y con el lenguaje de los anuncios de televisión. Los furiosos mítines, en los que se da rienda suelta a la soflama sexista y racista[6] no engendran trascendencia ni cambio sistémico. Como en otros movimientos basados en el odio, la estructura se mantiene mientras se satisfacen apetitos de carácter ideológico.

Como apunta Baudrillard, la anomalía carece de incidencia crítica en el sistema. ¿Qué es Trump sino una anomalía? Su ignorancia orgullosa y su desprecio hacia minorías y sectores vulnerables de la población no reducen su intención de voto. Miente de forma sistemática[7] y una sola de sus afirmaciones hubiese costado la candidatura de cualquier otro aspirante. Carente de estructura de base, financiada por pequeñas contribuciones y plagada de controversias inconsecuentes, su campaña se trata sin duda de una anomalía. ¿Incide de forma crítica en el sistema? No. Su plan económico es una actualización del trickle down y pese a podar el neoliberalismo en favor del proteccionismo nacionalista, su programa es una defensa cerrada del capitalismo neocolonial y militarista[8].

En esta forma de transpolítica la multitud deviene masa y pierde el estatus de sujeto para convertirse en puro objeto. Sólo busca ser seducida, recibir. «No tenéis que hacer nada», repite el candidato, «yo haré que todos vuestros sueños se hagan realidad»[9]. Mensaje mesiánico, Disney, para una multitud a la que no se le pide que sea agente de cambio: sólo tiene que emitir su voto y dejar que los acontecimientos se sucedan por sí solos gracias a la mano del líder, «delega[r] soberanamente la facultad de elegir». En este aspecto la entrega al populismo trumpiano es la respuesta exhausta de la nueva generación beat, abatida por la sociedad del rendimiento que retrata Han[10], desafecta con las instituciones, entregada al sentimiento inmediato y sin orientación performativa en una opción política que no sólo no la exige, sino que la rechaza. La política del me gusta intrascendente en la que no hay que actuar, sólo expresar de forma primaria en el lenguaje más básico un deseo, un sentimiento, una pulsión. Política del ello.

En Trump no hay comunicación. Las proclamas apenas hiladas rechazan articularse en una narrativa: toman forma a través del eslogan, del improperio, como parte de una retórica anti-intelectual. En este punto rescatamos a Byung-Chul Han y trasladamos su crítica a la concepción del tiempo de Baudrillard[11] al planteamiento del francés acerca de la comunicación. La ausencia de contenido comunicativo en Trump no se debe a la aceleración sino a la atomización. El discurso explota en una serie de fragmentos desordenados. Su discurso confunde más que satura. En el desconcierto, lo que prevalece es la emoción, el rechazo, esa rabia populista carente de objetivo a la que señala Žižek en su crítica a Laclau[12] («sé que algo va mal; no sé qué y no quiero saberlo, pero exijo que alguien lo solucione»).

Añadimos una última observación a este fenómeno transpolítico: el mensaje trumpiano cala especialmente, pero no de forma exclusiva, en un sector de la población muy definido (varón blanco de clase trabajadora, especialmente en regiones deprimidas de tradición conservadora[13]). Esto ha llevado al precipitado análisis de que el apoyo a Trump nace de la ansiedad económica. Jon Favreau apunta con acierto: ¿por qué no se ha traducido esa ansiedad en un mayor apoyo por parte de mujeres, latinos, negros y jóvenes?[14] He aquí el elemento que pasa por alto este análisis, cayendo en el mismo error que Habermas: obviar la dimensión de poder. Mujeres, latinos, negros y jóvenes no tienen un pasado -en la mayoría de casos, tampoco un presente- de poder. No tienen un antecedente en el que ejercían un dominio. No hay un asidero de nostalgia al que amarrar el mensaje «Make America Great Again». Estos sectores captan tanto el mensaje racista y de odio trumpiano como su incapacidad para llevar a cabo cambios profundos en su situación, e interpretan correctamente que el núcleo de sus promesas no consiste en «adquirir poder» sino en «recuperar poder», un poder masculino y blanco que nunca tuvieron.

[1] Discurso de Donald Trump sobre política exterior
[2] Dog-whistling: mensaje que se transmite de modo no literal, con el objetivo de enmascararlo al gran público mientras aquellas personas familiarizadas con su contenido lo entienden perfectamente. Como un silbato para perros, audible para el animal pero no para las personas, el dog-whistling permite a quien emite un mensaje racista negar que lo sea mientras quienes lo defienden captan la proclama.
[3] En defensa de la intolerancia, publicado por Sequitur
[4] Populismo, publicado por La Huerta Grande
[5] Las estrategias fatales, publicado por Anagrama
[6] El New York Times elaboró un vídeo sobre el ambiente en los mítines de Trump
[7] El candidato republicano mintió en 34 ocasiones en los 90 minutos del primer debate presidencial
[8] Muy reveladora a este respecto es la visión de Trump del supuesto derecho que otorgaba la victoria estadounidense en la segunda invasión de Irak sobre el petróleo de la región. Trump plantea que EE.UU. debería «quedárselo» ya que «así se hacían las cosas antiguamente: el botín pertenece al ganador». Más allá de la estulticia de afirmar que un país debe «quedarse» con un recurso -en cualquier caso, quienes se lo quedarían serían las compañías petroleras estadounidenses, que después decidirían a quien se lo venden- quita cualquier careta al capitalismo más voraz.
[9]  «Tenemos 41 días para hacer que todos vuestros sueños se hagan realidad.»
[10] Psicopolítica, publicado por Herder Editorial. En la campaña republicana se ha hecho un uso continuo de la dicotomía «ganadores/perdedores», como cabía esperar de una sociedad del rendimiento.  «Ya no ganáis», espeta Trump a sus seguidores que, exhaustos como describe Han, delegan en el líder populista el alcanzar la codiciada y permanentemente lejana categoría de «ganadores»: «cuando sea presidente, ganaremos tanto que os cansaréis de ganar». La cita es literal.
[11] El aroma del tiempo, publicado por Herder Editorial
[12] En defensa de causas perdidas, publicado por Akal
[13]  El Washington Post actualiza periódicamente un seguimiento de las encuestas. En la pestaña «whites and education» se puede apreciar la ventaja de Trump entre los votantes blancos de clase trabajadora. Caben observar que este entusiasmo no se extiende al votante no blanco de clase trabajadora (el candidato republicano cuenta con la expectativa de voto de entre un 2 y un 7% de la población afroamericana).
[14]  Jon Favreau matiza los motivos del apoyo a Trump

4 comentarios en “Retratos de transpolítica (I)

  1. La política de este tipo cumple con los requisitos fundamentales del populismo: crear un conjunto en oposición para de esta manera conformar en la otra orilla el pueblo excluido e insatisfecho. Por supuesto, la promesa se encuentra en la solución mesiánica de las problemáticas profundas que acechan lo cotidiano. Eso sí, siempre desde la simplicidad de un planteamiento realmente primitivo.
    Excelente texto. Enhorabuena

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  2. Gran análisis. Me empiezo a preguntar, a raíz de este y otros artículos, si el “mesianismo” no es en cierta forma consustancial a los sistemas democráticos de la actualidad, donde una población -mayormente no especializada en temas académicos o científicos- tiene que elegir a los representantes que deben solucionar los problemas de esta naturaleza. Tal vez en este contexto no haya mucho más margen que para las promesas huecas y las palabras bonitas.
    Felicitaciones.

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    • Interpreto ese creciente mesianismo como una evolución de la demagogia en una sociedad para buena parte de la cual la complejidad de los problemas contemporáneos resulta excesiva, por lo que se ve atraída hacia respuestas absolutas traídas de la mano de un líder del que cada vez importa menos el proyecto político y más su aparentemente férrea voluntad para llevar a cabo los cambios necesarios -cuando en realidad poco va a cambiar, o más bien nada-. Así la política deviene publicidad, telepredicación, el mensaje hueco que mencionas.

      Muchas gracias por tu mensaje, nos vemos por aquí.

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  3. Pingback: Retratos de transpolítica (II) | Reflexiones intempestivas

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